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CABALLOS EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Redacción   
Jueves, 16 de Junio de 2005 04:15
Parecía como si no tuviera nada que hacer en la guerra de los carros de combate y los “Stukas”, pero muchas misiones no se hubieran podido llevar a cabo sin ellos. Karlludwig Opitz refiera la historia de los tres millones de caballos de la “Wehrmacht”.

A las cuatro treinta de la madrugada empezaba la limpieza y el cepillado de los caballos. El furriel exigía que por lo menos se pasara treinta veces el cepillo por el lomo. Además había que limpiar bien las cuadras y, sobre todo, su pasillo central; retirar la basura y cambiar el forraje. Llenar los pesebres de avena, salvado y oloroso heno. El agua debía estar limpia de polvo y paja, de lo contrario los caballos se negaban a beber.

A las cinco se ensillaba. Poco más tarde aparecían los oficiales con sus damas. Los caballos estaban ya dispuestos para el paseo matinal. El asistente abría y cerraba los portones: “Permítame que pase”. Conducían el caballo por la rienda y montaban una vez que se encontraban fuera.

Encantador paseo matinal a caballo . Sobre todo si en el grupo figuraba la mujer del coronel, que tenía fama de poseer el mejor trasero del regimiento. El asistente gozaba así durante un par de horas de un impresionante panorama, mientras cabalgaban a través del campo, de los bosques, de los prados.

Nuestros queridos caballos

Por lo general a las ocho se encontraban de vuelta en los cuarteles. Descabalgaban y despedían a los caballos, no sin antes darles la consabida palmadita en la grupa y el terrón de azúcar de rigor. Los caballerizos retiraban las sillas y secaban y cepillaban de nuevo a los animales. Luego los soltaban a pastar. Hora del desayuno para los muchachos de la cuadra, y libres de servicio hasta el mediodía.

Estos eran los caballos de propiedad privada que albergaba el regimiento. Los dueños tenían que pagar 120 marcos por el pienso y 50 ó 100, de acuerdo con las posibilidades de cada uno, al mozo que se encargaba de la limpieza.

Los otros caballos eran del servicio y se empleaban para tiro y montura. En una palabra, miembros activos de la Wehrmacht. Con su jornada de trabajo y su sueldo en especie. Entrenados según las ordenanzas; de la remonta a las varas. Debían arrastrar pesadas cargas: piezas de artillería, carros con munición, equipajes.

Poseían sus propias caretas de gas y eran inmunes a los ruidos de los fusiles y cañones. Hacían la corte al furriel y atormentaban a los reclutas. Sabían dar a conocer con toda precisión sus malestares y cuando se presentaba la oportunidad no dejaban de jugar alguna mala pasada a los mozos. Así, durante la revista de la mañana, uno se ensuciaba tranquilamente sobre el forraje fresco y recién puesto y enseñaba de paso, tranquilo y hasta irónico, todos sus dientes al asustado recluta, como si se hubiera dado cuenta de que el caballerizo había olvidado colocar a tiempo la paleta.

Jugaban con el chivo que compartía con ellos el establo. Por la noche querían estar tranquilos. Los soldados de guardia andaban de puntillas. Cuando les cambiaban las herraduras armaban un jaleo como si trataran de descuartizarlos. Y en el verano tenían derecho a vacaciones en los acaballaderos de la Wehrmacht.

Cada recluta servía dos años bajo el lema: “Tú no eres nada, el caballo lo es todo”. Era casi como un matrimonio. Podría ir mal desde el principio y acabar con fracturas múltiples, o basarse en una cordial camaradería. A menudo la relación se convertía en verdadero amor, con sus caricias y su sorprendente dependencia. Más de un soldado no podía ocultar los amorosos mordiscos de su cabalgadura.

¡Eran verdaderamente unos caballos estupendos! ¡Qué orgullosos se mostraban el día del cumpleaños del Fuhrer: bien cepillados, la piel brillante, los arreos impecables, moviendo la cabeza acompasadamente al son de la marcha militar. La cola un tanto arqueada y las crines limpias al viento, orgullosamente, tan orgullosamente como mantenía el soldado la lanza con la banderita.

Hemos cuando sobre ellos nuestras heridas. Y de aquellos tiempos nos quedan las cicatrices como recuerdo. Por ellos lo hicimos todo, por ellos trabajamos sin descanso. Limpiamos las caballerizas, cambiamos el forraje, llenamos los pesebres, manejamos el cepillo. Nos bañamos con ellos en los ríos y pusimos sobre el lomo una manta caliente cuando tenían cólico. ¡Cuántos días permanecimos sin salir de la cuerda porque tosía el caballo! De acuerdo con las instrucciones del veterinario le dábamos una cucharada cada hora: "Venga, abre la boca y traga. Mira como lo hace papi". Y si montabas bien a caballo podías ir un par de meses a las arrias de la Wehrmacht. Perdidamente enamorado de la yegua o del potro. Convencido de que nunca habías visto piernas parecidas....Y, entonces, estalló la guerra.

Nuestros caballos fueron movilizados para el combate. Ningún libro habla de sus sufrimientos, de sus muertes espantosas. Ningún parte de la Wehrmacht facilitó el dato: casi tres millones de caballos muertos.

Ya Goethe se había referido al martirio de los caballos en la guerra. Durante la campaña de Francia, el 22 de septiembre de 1792, describía la tremenda tragedia: "Los animales, gravemente heridos, no acaban de morir. Yo vi uno tropezando con su pata delantera en sus propias tripas, que le colgaban del vientre abierto".

Bárbaros e indignados relinchos

Durante la II Guerra Mundial las cosas fueron aún peor, a uno y a otro lado. Los polacos lanzaron sus caballos contra los carros blindados alemanes. Los caballos murieron alcanzados por los proyectiles de la artillería y las bombas de la aviación; galopaban arrastrando los carros de municiones bajo el fuego enemigo, perecían acribillados. En Rusia, en Mussino, 2000 soldados llevaron sus caballos a la muerte. Silbaban los obuses e iban a explotar uno tras otro en medio de los escuadrones lanzados al asalto. Los caballos rodaban por el suelo: los jinetes volaban por el aire. Las baterías disparaban sin interrupción. Las granadas explotaban a 8 metros de altura. Los soldados quedaban destrozados en la silla, los caballos deshechos. Mussino fue escenario de uno de los más grandes ataques realizados por la caballería durante la II Guerra Mundial.

Durante la batalla de Stalingrado los soldados tuvieron que comerse los caballos. Y lo mismo debieron hacer ese invierno los hermanos de armas rumanos. Por todas partes los caballos fueron víctimas del cuchillo del matarife: a orillas del lago Ladoga, en el cerco de Korsun, en Tarnopol, Cherkassi, en el Order. En Normandía, durante los combates de la invasión, los pilotos norteamericanos acabaron en vuelos rasantes con todos los caballos de la Wehrmacht.

Los caballos se arrastraron por el barro, la nieve y el hielo; por la meseta y la montaña. Muchos murieron de hambre. Otros fueron víctimas de las llamas atados a pesebres extraños en extraños países. Se ahogaron en los pantanos, soportando tremendos latigazos. También murieron helados. Galopaban sangrantes buscando un sitio tranquilo para morir. Tiraron de los carros de municiones hasta la primera línea, bajo golpes y gritos. Heridos, mal vendados, las herraduras desgastadas. De Moscú el Caúcaso; del Volga hasta el Loira; desde el Zuidersee hasta Grecia. Estuvieron presentes en todas las grandes batallas: en la victoria y en la derrota.

Entraron en fuego con las tropas, y al caer, llegada la hora de la muerte, cuando se desangraban, relinchaban indignados. Parecía como si lanzaran una queja a su caballero, que pagaba su fidelidad con la muerte. Quizá fuera un conjuro para que quedara maldito por toda la eternidad.

(Publicado en la revista Insignia, número 32, octubre de 2002)
Última actualización el Lunes, 20 de Junio de 2005 07:41
 

Comentarios  

 
+2 #1 Gustavo 05-09-2010 09:09
Desastroso, en ffin la condición humana en si es el reflejo de como tratamos a nuestros animales
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